Hay que pasar un largo “invierno”

Dr. Luis María Degrossi,
Presidente de ADEMP

En el editorial del número anterior de nuestra querida revista, decía que me tocaba escribir casi a oscuras, en el sentido de que la pandemia estaba llegando al país y el confinamiento de la población recién empezaba. Nadie sabía objetivamente qué iba a pasar.

Señalaba en aquella oportunidad, también, que había tres preocupaciones. Una de muy corto plazo, otra de corto plazo y otra de mediano plazo.

La de muy corto plazo era evitar que las instituciones privadas de salud colapsaran por un abrupto exceso de demanda, como estaba ocurriendo en Europa. La de corto plazo era mitigar las consecuencias económicas adversas del confinamiento, en la certeza de que dejar de trabajar iba a menguar los ingresos de la población y, con ello, los ya muy escasos recursos para la salud. La de mediano plazo, suponía que la pandemia habría sido controlada, con lo que iba a haber que solucionar el tema de la gran cantidad de gente con demanda contenida, que dejo de consumir atención médica para hacer lugar a los afectados por el coronavirus.

Habiendo pasado ya casi 3 meses de aquellos pronósticos, lo que estamos presenciando es que se cumplió el de corto y mediano plazo, pero todavía no se cumplió el que se esperaba para el muy corto plazo. En otras palabras, ya estamos ante el problema de que la población se está quedando sin dinero y eso está afectando el normal flujo de recursos de las entidades privadas de salud. También se están acumulando muchos pacientes con otras afecciones desatendidas, que ya hay que pensar en volver a atender, aunque con recursos monetarios muy reducidos.

Pero, lo que se pensaba como la mayor urgencia (corto plazo), que era el colapso por una sobredemanda abrupta de pacientes, todavía no ocurrió debido a que el número de infecciones diarias sigue siendo bajo. Lo más desconcertante es que no se sabe cuándo vendrá, y si efectivamente dicho desborde se producirá.

Por este motivo, hay que prepararse para pasar un largo “invierno”.

Con la palabra “invierno” me refiero, no al hecho climático –que, esperemos, sea normal–, sino de las adversidades que va a haber que sortear. Las autoridades siguen temiendo por el posible desborde de las infecciones del coronavirus y prolongan el confinamiento. Esto profundiza la angustia económica de muchas empresas y personas que no van a poder seguir financiando su salud privada. Esto hace menguar los ingresos de las instituciones privadas de salud justo cuando se llega al período invernal y aumentan las necesidades de atención médica por causas ajenas a la Pandemia. A esto habrá que sumarle un posible repunte de los demorados casos de Covid-19 que, esperemos, no sean numerosos y desbordantes a la vez.

A este “invierno” todavía hay que sumarle la cuestión económica.

Otro efecto no deseado del confinamiento es la brutal caída en los ingresos fiscales y un sideral aumento del gasto público y de la emisión monetaria. Este impacto en una economía tan debilitada, como la Argentina, que está con una severa escasez de dólares, una inflación que orilla el 50% anual y con un Estado en una disfrazada cesación de pagos, no augura que los efectos económicos adversos del confinamiento vayan a extinguirse con el Covid-19.

La economía va a quedar severamente afectada, con una situación inflacionaria, cambiaria y de financiamiento de la actividad privada mucho más grave que la que tenía cuando entró en Pandemia. No es arriesgado afirmar que los efectos económicos de la cuarentena se extenderán más allá del “invierno”. Por eso, digo que este “invierno” será largo.

Sin vocación de caer en el desánimo y recordándoles el mote de eterno optimista que me supe ganar, no se puede dejar de hacer un breve recuento de los tiempos muy difíciles que la salud privada está atravesando.

Desde principios del 2018, que se produce la crisis cambiaria, el sector privado de la salud viene sufriendo la presión sobre los costos médicos producidos por el cambiante valor del dólar. En el 2019, se juntaron el dólar y las presiones salariales para recuperar el poder adquisitivo perdido. En el 2020, al dólar y las presiones salariales se le suman las incertidumbres por el Corona Virus Covid-19.

El sector privado de la salud es un barco que está en alta mar, en medio de una tempestad que, lejos de amainar, cada vez empeora más. Pero no por ello debe ser un barco a la deriva. Cada uno de nosotros, como buenos y eficientes administradores y responsables de las entidades de salud y de empresas proveedoras relacionadas con la salud, debemos mantenernos firmes en nuestros timones. Hoy más que nunca.

Por eso, amigos y colegas, una vez más, solo queda llamarnos a mantener el buen juicio ante la adversidad y, fundamentalmente, MANTENGAMONOS TODOS UNIDOS.